Pintura de Audrey Kawasaki

martes, 1 de mayo de 2012

Renovación

Pintura de Audrey Kawasaki
Terminé finalmente el proyecto de la novela corta Muérdeme los labios, misma que publiqué en capítulos en este espacio. Para su mejor lectura, decidí eliminar de las etiquetas los capítulos de esta obra y remitir al lector interesado directamente a la página Muérdeme los labios donde podrá leer el texto completo.
Estoy trabajando con otro proyecto aunque muy lenta porque tengo múltiples ocupaciones que me impiden sentarme a escribir, pero espero muy pronto aparezcan mis nuevos relatos.
También tengo el proyecto de publicar el libro Las chicas gay son escorpión, el cual esperemos muy pronto tener la obra impresa, misma que pondremos a disposición del publico en general. Ya les comentaré las novedades. 
Mientras tanto, y en espera de los nuevos relatos y la aparición del libro de Las chicas gay son escorpión, publicaré algunos relatos que no aparecieron en el blog, así como volveremos a presentar las mejores historias de esta obra.
Les agradezco a todos aquellos que me han acompañado en esta aventura literaria durante el año que he tenido este blog, en especial a aquellos que con sus comentarios me invitan a seguir adelante con mis historias.
Un abrazo afectuoso.
Patricia Gorostieta 

jueves, 28 de abril de 2011

Las chicas gay son escorpión


Pintura de Audrey Kawasaki
Los miércoles del billar se han hecho ya una tradición entre nosotras, aquí estamos, entre el humo del cigarro y las cervezas. Tenía varios miércoles que no había venido, sigo en mi proyecto de escribir un libro de cuentos con personajes gays y que transcurran en diferentes etapas históricas, una mezcla de antiguo con moderno. Hasta ahora sólo Bertha y Cecilia habían leído mis cuentos, y por insistencia de las chicas, y un poco para justificar mis ausencias, les envié algunas de mis historias para conocer su opinión, y espero que esta noche no me fulminen con sus comentarios adversos.
Casi todas vinieron en pareja, sólo Chantal y yo venimos solas. Ella acaba de regresar de Veracruz y nos cuenta como le va su vida con Romina. No cabe duda que insistir tanto obtuvo frutos, y aunque la veo nostálgica por regresar definitivamente a su tierra, también se ve eufórica y orgullosa contándonos cómo finalmente logró conquistar a la flautista.
Está también Isabel, a quien su trabajo de dama de compañía, como dice, no le ha dejado más tiempo para frecuentar a sus amistades. Creo que el sexo la ha rejuvenecido porque parece una veinteañera con malicia en los ojos. Ella vino con una amiga que no habíamos visto y parece no ser el tipo de personas que frecuentan un círculo lésbico porque se ve bastante tímida y se limita a sonreír de vez en vez.
Renata vino con Karina, se ve muy contenta, tenía mucho que no la veía así. Parece que ya viven juntas. Quién nos iba a decir que veríamos a Renata sentar cabeza, parecía algo imposible. Esa chica morena es encantadora. Sonia definitivamente salió de sus vidas. Dicen que ya encontraron un buen local para poner la tienda de vinos, dice Renata que va a estar trabajando con su novia y si funciona está dispuesta a dedicarse de tiempo completo al negocio. Ya veremos qué pasa con ellas.
También llegó Cecilia con Elisa, me contaron que ya viven juntas, ya no habla de Silvia, parece que ya se le pasó el enamoramiento. Ahora está del brazo de Elisa, quien aunque se ve un poco seria es una buena chica. Quiere que hagamos un libro ilustrado con historias de chicas gay, algo diferente, arte, no pornografía. Las últimas tres historias que le envié le quedaron muy bien, aunque “Don Manuel” causó un poco de polémica. Tal vez podríamos incluir también “El Rapto de Helene” y “Rossmarine”. No sé, suena bastante atractivo, pero primero quiero editar mi libro, aunque en realidad no estoy segura cómo lo voy a hacer, no creo que la Universidad me lo quiera patrocinar, ya veré.
No lo puedo creer, acaba de entrar P. acompañada de su mujer. Después de la boda se fueron de luna de miel a París, se ven muy enamoradas. Nunca vi a P. mirarme como ve a Flor. Yo no sé qué le vio a esa tipa. Que no se sienten cerca de mí, que no se sienten cerca de mí. No puedo dejar de pensar en ella, en su cuerpo, aunque ya ha pasado mucho tiempo. Según la psicología de revistas de Chantal, ya lo superé, pero ahora que veo a P. me cuesta trabajo no salir huyendo del billar.
Trato de evitar cruzar miradas con P. porque estoy segura que seguirá pensando que con tan sólo una palabra de ella, estaría yo otra vez rogándole que regrese conmigo. No quiero que adivine que no se equivoca, así que por esta noche me concentraré en Chantal aunque me tenga que pasar la velada escuchando lo extraordinaria y maravillosa que es Romina, quien nos manda saludos en uno de los mensajes por celular que intercambian.
En la mesa de billar hay un alboroto: Nanette, la novia inglesa de Bertha se carcajea cada vez que su little baby falla y se va en blanco. Siempre se están riendo ellas dos, lo que me parece increíble para una inglesa y para alguien con el carácter de Bertha que todo se toma en serio. Aunque como a P., a Bertha siempre le gustaron las europeas, lo único que a ella su novia terminó siguiéndola al otro lado del mundo cuando finalizó sus estudios, mientras que a P. su romance con la francesa con la que vivió en París, terminó en el aeropuerto Charles de Gaulle.
Una hermosa chica rubia, con blusa de tirantes y pantalón de mezclilla, a todas luces una turista, llega a saludar a Nanette, quien le presenta a Bertha. No la pierdo de vista porque tiene los atributos que me encantan de las mujeres: bellas nalgas y piel de leche. Chantal no comparte conmigo el gusto por la recién llegada, a ella sólo le gustan las mujeres morenas y de pelo negro, aunque claro, que Romina es la excepción.
Pronto se reúnen las tres en nuestra mesa y por el reacomodo quedo exactamente a un lado de la rubia, cuyos lunares en los brazos comienzan a interesarme demasiado. Para mi fortuna habla un poco de español, con un acento impreciso que no me deja adivinar su nacionalidad hasta que Australia la defiende como suya.
Después de las presentaciones, la atención se concentra en Chantal, todo mundo quiere conocer en qué quedó su historia con la veracruzana, así que nuevamente escucho lo primero que me contó Chantal cuando fui al aeropuerto por ella y lo que no ha dejado de repetirme:
Qué les cuento muchachas, finalmente me hizo caso Romina.
¿Pero ya te acostaste con ella?, le pregunta Isabel.
No seas prosaica Isabel, por qué por un momento no puedes ser romántica. Señala Renata muy abrazada de Karina, quien tiene un amor ciego por esa morena de ojos hermosos.
Ya déjenla hablar, dice P. poniéndole la mano en la pierna a su mujer, como le dice ella. Mientras le pido al pelo de la rubia me rescate de los celos y el coraje que me invade.
Todas callan y Chantal comienza a contar cómo se le cruzó en el camino a Romina después que al verla tocar en vivo, intuyó sin equivocarse que la flautista también era gay. La simpatía de nuestra amiga y el desengaño que acababa de sufrir la artista hicieron que le diera una oportunidad, la que supo aprovechar Chantal. A pesar de estar bien acompañada, se nota cierta nostalgia en Bertha cuando oye a su ex hablar con tanta vehemencia de su nueva compañera.
La rubia no para de decir qué bonito ante la historia de Chantal y Romina. Observo su boca sin trazas de pintura, el vello rubio que le cubre las mejillas. Me muero por besarla. Tal vez si P. no estuviera aquí entonces yo podría ser más audaz y tratar de conquistar a la australiana. Pero claro que sé que P. ni siquiera voltearía a verme si coqueteo con la rubia, está demasiado ocupada con su petite fleur como para ver al resto del mundo.
Entre las felicitaciones a Chantal y el brindis por su nueva vida, alguien osa hablar de mis cuentos y pregunta si ya todas los leyeron. Es entonces cuando P. voltea a verme con cierto interés y me siento orgullosa porque a pesar de sus predicciones, pude animarme a escribir algo más que las terribles cartas de amor que le envié todos los días durante los dos meses que me costó darme cuenta que yo ya no le importaba y que ahora tenía una nueva mujer, mucho más internacional, como a ella le gustaban, lo cual, a decir verdad, estaba lejos de ser cierto.
Me encantaron tus cuentos, confesó Bertha con una sonrisa. Creo que eso es lo que nos hace falta, hablar de nosotras mismas.
Las otras coincidieron que mis historias les habían agradado. P. sólo se limitó a escuchar, mientras que su chica preguntó de que trataban. Como todas sabían que yo no le contestaría a esa mujer, Chantal se apresuró a decir que eran cuentos sobre chicas gay, es más, el compendio de cuentos se llama Las chicas gay son escorpión.
¿Escorpión? Qué chistoso, yo soy Escorpión y Patricia también, ¿verdad chiquita?
Yo volteo a ver a P. para ver cómo reacciona pero sólo sonríe y no dice nada, mientras la gran mayoría asegurábamos que éramos Escorpión. Entonces la rubia que está a mi lado, cuando ya entendió de qué estábamos hablando, me afirma sonriente, casi al oído, que ella también es Escorpión. No puedo dejar de albergar ahora una esperanza y le contesto a la australiana una tontería al oído que la hace reír tanto que todo mundo voltea a verla.
Bertha continúa con su comentario diciendo que lo único que no le gustaba era eso de gay, porque hacía referencia a hombres homosexuales, que lo adecuado sería decir lesbianas, esa palabra es, asegura, la que nos define y la que debemos dignificar.
No puedo dejar de pensar que la formación feminista de Bertha le da suficientes elementos para defender la palabra, pero antes de que pudiera dar argumentos en mi defensa, Chantal dice que la palabra de lesbiana es fea en pocas palabras, que es más armónico decir gay aunque sea un término para los hombres. Otras opinan que prefieren gay o les, como se autodefine P., quien está de lleno en la discusión.
Cuando al fin me dejan decir algo, hablo entonces del carácter propio de mis personajes, y explico que cuando ellos se definen a sí mismos son gays, mientras que cuando alguien de fuera los define, muchas veces despectivamente, entonces son lesbianas. Lesbiana es una etiqueta que te dan los demás sobre ti misma, ser gay es asumirte como alguien diferente, tener la posibilidad de elegir ser otro.
No logro convencerlas a todas y la discusión crece. P. desde su lado, finalmente después de mucho tiempo, parece comprenderme y me gusta. Entonces la rubia me toca el brazo y me dice I like this: Iam gay. P. me está viendo, lo sé, pero creo que va dejando de importarme desde que la australiana puso sus manos en mi hombro y me sonríe con su mirada, entonces no me importa más ser lesbiana o gay, lo único que me importan son su senos que alcanzo a ver entre su escote.

lunes, 21 de marzo de 2011

Diario de viaje

Pintura de Audrey Kawasaki
1.

 
Heroicos visitantes en el Castillo de Chantilly, dejamos las armas para entrar a la capilla. Los santos de madera, desaprobando, fingieron piedad y bajaron los ojos, negándose a vernos.
Soltaste mi mano con vergüenza.
Jesús descendió de la cruz, se tocó las llagas y después puso en tu vientre sus milagrosas manos ensangrentadas.
Pensé en Mahoma con su rostro en llamas e imaginé que mi vientre ardería bajo sus manos.
Jesús te dijo algo al oído y me acerqué detrás de ti para capturar sus secretos, pero mi falta de fe me ensordeció. Paciente me alejé del milagro.
Quise tomar testimonio de tu encuentro divino, pero minúsculas manos de santos me arrebataron mi cámara. Alcancé a quitarles cabellos que después vendería como reliquias.
Pensé que Jesús se había tomado su tiempo, pero no quería que mi escepticismo arruinara tu experiencia mística.
Me acerqué al confesionario barroco con asientos de terciopelo rojo. Tomé la plaza del padre y sentí claustrofobia. Entre la rejilla te vi en éxtasis divino y traté mejor de concentrarme en las historias viejas que vivían encerradas en la madera.
Uno a uno fui escuchando los pecados, sin querer –a pesar de la certidumbre científica– me fui identificando con varios de ellos. Me traicioné pensando en la justicia divina y acompañé inconscientemente al coro de padres nuestros y aves marías que salvaban almas.
Alguien, hace doscientos años, dijo un credo en latín, pero al querer repetirlo lo único que vino a mí fue el rosa, rosae, femina, feminae, de una vieja lección. Callé y escuché con atención la letanía.
Pensé que había sido suficiente para limpiar mi alma y que Dios –por si acaso– me habría ya librado de todas mis culpas; ojalá, me dije invocando a Alah por si las dudas.
No quería irme del Castillo sin visitar el jardín y verlo en el reflejo del lago, así que discretamente me acerqué a ti para señalarte con el dedo mi reloj de pulsera. Me hiciste una señal de espera y fui a sentarme en las bancas.
Impaciente veía la escena milagrosa: Jesús tocaba tu vientre mientras te hablaba. Volteé a ver la cruz y me pareció muy pequeña para un Cristo de tamaño natural. Apenas le cubría la cadera un manto atado a un costado. Pensé que aún para esta época, aparecer con esa prenda era escandaloso, pero no creo que haya muchos que osaran levantarle la falda.
Lo malo de haber perdido la fe es tratar de desmitificar lo divino, así que traté de averiguar de dónde venía esa luz que lo santificaba, una luz blanca que parecía no entrar de los vitrales que recordaban la vida de la Virgen. Inútilmente traté de encontrar una explicación lógica de tu milagro, lo que me molestó porque no tendría elementos para rebatir el fenómeno que me repetirías por la eternidad. No encontré nada, sólo el parecido de Jesús con los inmigrantes palestinos que vendían souvenirs en Montmartre. Guardé eso en mi memoria por si me cansaba de oír mil veces la misma historia.
De pronto temí que le pusieras Jesús a nuestro hijo, y el nombre de mi padre se desvanecía frente a mí. No quería un Chucho en la familia que comenzamos, aunque tampoco quería un Abraham, pero mi padre murió sin hijos y creía que le debía algo.
Me acerqué a ti y me pareció escuchar de la boca de Jesús la palabra lesbiana, y luego movió la cabeza desaprobando. Entonces miré tu rostro y llorabas. Tanto que te costaron las terapias para aceptarlo, tanto qué me costó que me dieras la mano en público, para que en un acto de fe, Jesús echara todo por tierra.
Te tomé de la mano y con un gracias y un hasta luego con un francés con acento, te saqué de la capilla pensando que nos iban a cerrar el museo.


2.


Nos habíamos dado cita en la fuente de Saint-Michel. Yo había recorrido todas las librerías desde la plaza de la Sorbonne y me armé de los clásicos franceses y de algunos contemporáneos refrechissants de origen extranjero. Tú habías preferido ir a ver las tiendas de souvenirs pensando en tus amigas. Te esperé los quince minutos que siempre llegas tarde aunque impaciente por tu ausencia. Siempre me gustó ese lugar de reunión en pleno centro de París, donde de estudiante me daba cita con mis amigos y ahora, de turista, me emocionaba pensar que te estaba esperando.
Te vi aparecer entre la gente que atravesaba la calle hacia la fuente. Me encantas con ese pantalón que moldea tus nalgas y ese suéter marrón que robaste del armario de tu madre. Te ha crecido el pelo durante el viaje, pero tú como yo pensamos que es un lujo en Francia cortarse el cabello.
Sin darme tiempo para reclamarte cualquier cosa, tomaste una de las bolsas de mis libros y me contaste que estabas en un café con un nuevo amigo, un turco de una tienda de souvenirs que hablaba un poco de español y un fluido alemán. No hiciste caso a mis reproches y deseos de estar solas, querías que conociera al turco porque te había caído bien. Resignada te seguí entre la horda de turistas que abarrotaban las calles de Saint-Michel entre tacos griegos y restaurantes con carnes frías en las vitrinas.
Me encanta tu inocencia, tu curiosidad. Iba atrás de ti pensando que lo único que quería era regresar al hotel para hacerte el amor, pero bueno, tenía que esperar porque ahora iba siguiéndote en un laberinto de gritos y sabores.
Antes de entrar al café me echaste una mirada pícara, coqueta, y supe tus verdaderas intenciones. Me presentaste al turco, un hombre con unos años más que nosotras, con un grueso bigote y pequeña barriga. Sabía bien que no era tu tipo así que me tranquilicé. Se presentó en alemán pero le contesté en francés y se extrañó, así que tuviste que contarle mis años de estudiante en la Sorbonne. Te veía platicando con él, risueña, desinhibida, con esos ojos expresivos y coquetos. Tenía ganas de abrazarte para que supiera que eras mía, pero más que su reacción, temía que te molestaras conmigo. Para el turco yo era demasiado seria, y tú le asegurabas que sí para tratar de ocultar mis celos.
Cuando fuiste al comedor el hombre fue más directo conmigo, me preguntó si éramos pareja, yo me sorprendí un poco pero pensando en ti lo negué, quería dejarte jugar tu juego. El turco me contó que era un comerciante que estaba buscando estabilizarse en la vida, hacía quince años que había llegado de Estambul y había logrado un pequeño capital. Todo esto era lo que te ofrecía, porque decía que quería convencerte para que te quedaras con él y me pidió que le ayudara. Estaba tan molesta porque no sabía exactamente qué es lo que había pasado mientras yo ingenuamente paseaba por las librerías parisinas mientras tú andabas de compras. Iba a levantarme cuando llegaste con una gran sonrisa a contarme que te habías encontrado a una mexicana en el baño del café y le habías dado unos consejos para hacer un tour rápido por la ciudad.
Tú seguiste platicando como si nada con el turco mientras yo cada vez me molestaba más pero trataba de controlarme. Es cierto que eras bastante simpática y que no te notaba verdaderas intenciones de ligar con el hombre, pero los celos son así. Él pidió la cuenta y nos dijo que tenía que regresar a su tienda pero que nos esperaba esta noche para llevarnos a un restaurante de comida japonesa que le encantaba, yo me negué pero sorpresivamente tú aceptaste la oferta y dijiste que ahí estaríamos. Nos despedimos y él se marchó mientras que yo te pedía mil explicaciones pero de respuesta tuve tus abrazos y tus besos diciéndome que no importaba, que era un tipo agradable. Me contaste, camino al hotel, que te hizo plática cuando entraste a su tienda y jugó a adivinar tu nacionalidad. Te cayó súper bien, como dices, y por eso accediste a tomar un café con él, es todo, me aseguraste mientras ya me hacías promesas al oído para cuando llegáramos a nuestra habitación.
Desperté ya de noche y te encontré vestida para salir, me dijiste que íbamos a cenar con el turco, que te había llamado para confirmar, sólo que estábamos retrasadas, así que tendría que apurarme. Noté que te diste tiempo para arreglarte, y contra de mi voluntad me levanté y me puse lo primero que encontré. Apenas mojé mi pelo corto y despeinado y salimos rumbo al metro. En todo el camino hiciste remembranza de cuándo nos conocimos, habías jurado no volver a salir con nadie cuando tu novia te engañó y yo salía de una relación donde no veía futuro, a pesar de eso, hubo química entre las dos, y ahora estábamos en París de luna de miel porque nos habíamos casado con las nuevas reformas del gobierno capitalino. Al recordar tantas cosas bonitas y amargas, olvidaba a dónde íbamos y parecía no importarme. Sólo, antes de doblar la calle donde estaba la tienda del turco, te pedí que te portaras bien, a lo que me contestaste con una carcajada y un beso.
El turco ya estaba listo, pero no estaba solo, había un par de amigos con él y cuando nos vieron nos saludaron de beso a ambas. No estaba muy segura de seguir tu aventura, pero tú parecías contenta y me sonreías con complicidad. Nos fuimos al restaurante caminando, lo que me tranquilizó. Ya en la comida todo fue más tranquilo aunque no dejaba de molestarme todas las atenciones que tenía el turco en plena conquista. Después de eso nos invitó a un antro de música portuguesa, entonces supe que le habías contado de tu delirio con la bossa nova y la samba. La discoteca constaba de dos grandes locales: Rio do Brasil y Sirenas. Primero entramos al Sirenas, centro exclusivo donde el turco tenía acceso ilimitado, todo mundo lo conocía y pasaba dando saludos de beso y palmeadas en la espalda.
Nos instalamos en uno de los privados con grandes sillones de cuero blanco a donde nos hicieron llegar mojitos cubanos. Uno de los amigos del turco, un joven apuesto, se puso a bailar mientras el otro trataba de entretenerme con las frases chistosas que conocía del español. Una joven fotógrafa nos tomó una foto para un sitio de Internet donde salen les soirées parisiennes. El turco con el que estaba le dijo a la fotógrafa que éramos las hijas de un rico colombiano y le dio nombres falsos que ella anotó en una libreta. Todo en realidad era divertido, pero ni aún los mojitos distraían mi atención de ti. No sé todo lo que le dirías al turco pero él estaba encantado contigo. De vez en vez nuestras miradas se cruzaron y me sonreías, tenía ganas de ir a abrazarte, sentía que esta locura tuya podría traernos consecuencias.
El ambiente de la discoteca era más bien onírico, las pequeñas islas de sillones estaban delimitadas por cortinas de gasas azules y rosas envueltas en una luz tenue. La música, principalmente en inglés, invitaba a bailar también con ritmos suaves. Estuvimos menos de una hora allí y pasamos sin problemas al otro local, Rio do Brasil, donde el ambiente era totalmente diferente: un gran salón de baile amarillo con dibujos de plantas en las paredes, una barra donde vendían sólo cerveza y la samba a todo volumen. El lugar estaba repleto, sin embargo un amigo del turco nos cedió su mesa donde quedamos bien ubicados los cinco. Inmediatamente fueron a buscar unas cervezas.
Yo, a pesar de lo maravillada que me tenía el lugar, trataba de no perderte de vista, no estaba dispuesta a darle lugar al turco para que intentara ganar mi territorio. Yo sé que también me veías. Él te invitó a bailar y tú gustosa aceptaste, no sin antes voltear a verme. No tenía nada que decir pero levanté un poco mis hombros. Te fuiste con él al marasmo de cuerpos sudorosos que llevaban el ritmo de la música. Como pensé, el turco no tenía idea del baile y apenas movía un poco la cadera y los brazos, mientras tú me hechizabas con tus movimientos, con tu cadencia, como la primera vez que te vi bailar y que supe que serías mía por siempre.
Bebí mi cerveza rápidamente y enseguida tomé la que te trajeron a ti y que no tomaste. Accedí sin problema a la invitación de mi acompañante para ir a la pista a bailar, lo que casi estaba a punto de hacer yo sola. Sentía el roce de los cuerpos por todos lados, era casi imposible bailar de manera autónoma, parecía una maquinaria de la que tenías por fuerza ser parte, seguir el ritmo o fenecer en la calle. Me acerqué en cuanto pude a ti y entonces fue tu piel la que sentí junto a la mía, y baile a tu ritmo, siguiendo las contorciones de tu cuerpo, mientras tú me veías con esos ojos hechiceros. Nos llevó así la música por más de veinte minutos cuando el turco te pidió que te sentaras y yo hice lo mismo.
Fuiste al baño, tratando de colarte entre la gente que se arremolinaba en la entrada de la disco, entonces el turco fue directo nuevamente conmigo y me dijo que qué esperaba yo para decirte que te amaba porque tú me lo gritabas con los ojos. Yo estaba sorprendida y no supe que contestar. Yo soy el que está de más aquí, afirmó con tranquilidad, se levantó y se despidió diciendo que todo lo que bebiéramos esa noche era por su cuenta, que no había problema. Antes de salir habló con alguien del bar y desde lejos, con una cerveza en la mano brindó conmigo, yo contesté con una sonrisa. No supe cómo fue pero se dio cuenta que nos amamos.
Regresaste del baño y te explique que habían tenido que irse pero que nosotras nos íbamos a quedar más tiempo. Quisiste ir a despedirte pero te dije que era tarde para eso. Con una cerveza más te consolaste y me sacaste a bailar, nos entregamos a la pista hasta que al amanecer tomamos un taxi rumbo al hotel.


3.


Disfrutamos París como había tenido ganas de hacerlo esos años en que mi tesis fue mi única prioridad. Estaba tan contenta que me hubieses acompañado a recorrer esa ciudad después de tanto tiempo de haberla dejado.
Esa noche vagamos por las calles de Saint-Paul buscando un bar gay, pero lo único que encontramos fue un antro con puros chicos metrosexuales y raras mujeres que no voltearon a vernos. Quería dejar que disfrutaras la aventura, sabía que no era una buena idea ir ese día de la semana. Cansada del ruido y del humo, huimos del lugar y caminamos hasta el Hotel de Ville para tomar el metro.
Estábamos hospedadas en un pequeño hotel en el centro de la villa dónde había vivido como estudiante, a las afueras de París. Yo añoraba el pain au chocolat de la patisserie y el mousse de canard de la charcuterie de Antony. Tú estabas feliz que pudiera compartir eso contigo, y no dejaba de mostrarte lugares y sabores.
Casi era la media noche y te hice correr en Les Halles para alcanzar el último tren, que casi perdemos porque te querías detener a ver todo, a sacar fotografías nocturnas imposibles para el inútil flash de tu cámara. Ya en el tren, acompañadas de unos cuantos pasajeros iniciamos el viaje hacia Antony.
Estaba tan feliz de que me acompañaras que no supe dónde se subió ese tipo. Lo único que veía eran tus ojos y tu sonrisa que me cautivaban. Una parada antes, en el Parc de Seaux, ya sólo éramos tres los que íbamos en el vagón. Fue cuando lo vi acercarse para sentarse muy cerca de nosotras. Parecía un mendigo, tenía la mirada dura y el pelo alborotado.
Paró el tren en Antony y descendimos. Te tomé del brazo y me apreté contra ti, entonces te pedí que caminaras más rápido. De reojo vi que el tipo nos seguía. Salimos de la estación y me contabas la anécdota graciosa de una amiga tuya, pero yo casi no te escuchaba porque venía tratando de ver el tipo que se había pasado a la otra acera.
Nos detuvimos porque querías ver las casas que se rentaban en la zona, entonces comenzaste a soñar con que regresamos juntas a vivir en París. Vi que el hombre también se detuvo. En un momento tú ya nos hacías una gran historia en una ciudad tolerante, donde podíamos vivir nuestro amor sin que le importara a nadie. Tú hablabas y yo seguía pendiente del tipo que no nos quitaba la vista de encima.
Seguimos caminando y él atrás de nosotras en la otra acera. A esa hora no había nadie en la avenida llena de comercios cerrados. Vi la entrada en penumbras de un edificio y sin avisarte te metí ahí para besarte. Te encanta que haga esas cosas, lo sé, pero ahora no quería jugar contigo. Nos quedamos unos minutos abrazadas y continuamos nuestro camino. Parecía por un momento que el hombre se había ido, pero se había escondido también en un cajero automático y al vernos pasar siguió tras de nosotras.
Te pedí que te apresuraras y más me acercaba a ti. Al llegar a la avenida Nationale 20, a una cuadra del hotel, nos tuvimos que detener en el semáforo y fue ahí donde el tipo se puso frente a nosotras, tan rápido que no lo vi llegar. Entonces nos insultó en su francés corriente, diciéndonos que dormiríamos calientes juntas, que éramos unas lesbianas depravadas y vomitaba mierda a toda velocidad. Qué dice, me preguntabas y yo te abrazaba temiendo que nos atacara. Lo amenacé con la policía y de petit conard no lo bajé, pero no había nadie en la calle, sólo nosotras y ese francés homofóbico que estaba muy lejos de ese París tolerante que te había encantado.

jueves, 17 de marzo de 2011

Después de Silvia

Modigliani
1.


Después de Silvia, Cecilia pasaba su tiempo libre en el billar. Ya no había tardes de cine, comidas a las cinco o caminatas en el parque. Para qué tener tiempo para una, si en realidad te das cuenta que no tienes nada que hacer, comentaba con sus amigas los miércoles en la noche cuando las veía a todas en el billar, donde no sólo era una de las mejores clientas, sino la rival invencible de hombres y mujeres con ganas de perder unos pesos.
Cecilia acariciaba el paño de la mesa y recordaba la piel de Silvia, pasaba el índice en el nombre tallado de la mesa y se reía pensando que era el de ella, hurgaba en las buchacas y sus dedos rozaban los bellos oscuros del pubis de su ex amante, porque Silvia no había sido su novia como las novias de sus amigas, había sido su amante porque nunca se atrevió a declararse totalmente de ella, sólo habían estado juntas para pasar las tardes y para algunas veces en que hacían el amor en el auto o en casa de la mamá de Cecilia, quien se ausentaba frecuentemente para ir a ver a su hijo al otro lado del país.
Silvia nunca llevó a Cecilia a su casa y nunca fue a la de ella, pero Cecilia quería saber más, explorar su territorio y ver las cosas que la hacían feliz. Se imaginaba que en su recámara, a un lado de su cama, habría una foto de ella, una pequeña foto de credencial que le dio con la punta de un beso de carmín como recordatorio de un amor compartido. Era también probable, pensaba, que había guardado las rosas que le regaló en diferentes ocasiones y que al secarse descansarían en un vaso. Cecilia imaginaba todo esto mientras miraba la foto de Silvia enmarcada en un portarretratos de plata y, de vez en vez, el pizarrón de corcho de su cuarto donde había sujetado con tachuelas cada uno de los boletos de las películas que vio con ella.
Después de Silvia todo fue distinto, recordaba su amor y tras él el odio que le dolía y que le hacía sujetar con más fuerza el taco hasta lastimarle las manos, porque ahora además de amarla la odiaba. No había ningún compromiso se habían dicho, pero Cecilia se acostumbró a amarla, a estar con ella, al sexo de Silvia en la punta de sus dedos. Lo que le faltaba era el olor de su amante al amanecer, el que imaginaba suave y fuerte, como ese olor a rosas que usaba Silvia en el verano. Ese deseo se le metió en la cabeza y le pidió de cumpleaños una noche, pero no una noche de sexo, sino una noche de sueño: quería que durmiera en sus brazos, soñar con ella, acariciarla en la madrugada, descubrir los olores de su cuerpo al despertar. De nada valió insistir, Silvia no cambió de opinión. Su regalo fue la reedición de los libros de Mafalda.
Y si me meto a su cama y la beso como le gusta, le acaricio la espalda y le susurro que la amo, pensó Cecilia mientras iba de regreso a su casa; sólo le faltaba escoger un buen día, donde nada se interpusiera, así que al día siguiente averiguó que hacía una semana que había pasado la regla de Silvia y la de ella vendría en dos semanas, ese era el momento. Cecilia le compró un regalo: un reloj que marcaría ese hermoso momento, pensó, y se propuso seguirla después del trabajo. Sin embargo, había algo que no le gustaba, estaba temerosa que romper su intimidad podría hacer enojar a su amante, pero el deseo de tenerla para ella toda una noche hacía que ese estado de alerta bajara la guardia.
Sus encuentros eran siempre condicionados por el tiempo que disponía Silvia. La mayoría de las veces se veían al salir de la oficina, y era entonces que organizaban el resto de la tarde. En otras ocasiones, sin dar explicación, le llamaba para decirle que no la podría ver y que se encontrarían después. Cecilia se quedaba esperando una nueva cita. Éste era uno de esos días, Silvia tenía cosas que hacer y se verían después. Así, Cecilia salió más temprano de su trabajo y se fue a esperar a Silvia a la salida de su oficina; cuando salió la siguió en su auto. Quería sorprender a su amada, pero fue ella la sorprendida cuando vio que el vehículo de Silvia tomaba la misma ruta que ella para ir a su casa. El hecho de vivir en el mismo barrio la entusiasmó, creía que así sería mucho más fácil hacerle creer que era la casualidad la que las juntaba. Tomó la avenida que la conducía hasta el mismo fraccionamiento donde ella misma acababa de comprar su casa, pero dobló antes a la derecha y después giró un poco hasta detenerse en una casa frente a un centro comercial. Bajó del auto y abrió la reja. Cecilia se estacionó en la plaza y atravesó la calle. Al meter su auto a la cochera Silvia escuchó su nombre y asombrada reconoció a Cecilia, quien se acercó sonriente fingiendo una gran sorpresa. Silvia apenas pudo protestar porque le abrumaban las palabras y el entusiasmo de su amante. No creyó que haya ido a comprar algo al súper, ni siquiera que ella vivía por ahí, estaba segura que la había seguido, a pesar que Cecilia le recitó todas las tiendas de la avenida y los comerciantes a los que conocía.
Con su bolso en la mano y papeles de trabajo que temía desordenar, tuvo que invitar a su amante a conocer la casa. Ambas pasaron y dejó sus cosas en la mesita donde Cecilia observó que había dos platitos para poner las llaves, un perchero con dos paraguas y un sombrero de palma que no le conocía a Silvia. En la sala descubrió algo más que empezó a arañarle el corazón, una pequeña mesa esquinera en la conjunción del sofá y el sillón que tenía un poco más de diez portarretratos, donde conoció a su amada siendo niña, en otra con otros niños, en una con quienes pensó eras sus padres, pero muchas otras de sus viajes donde aparecía con otra mujer, quizá un poco mayor que ella pero con una sonrisa que la hacía verse como una chiquilla. No preguntó nada. Silvia le ofreció agua y cuando fue por ella aprovechó para ver los detalles de la casa, la decoración era tan diferente como lo había imaginado, no reconocía a la Silvia con la que salía desde hacía siete meses, pero perfectamente veía a la mujer de la foto en ese ambiente, con ese estilo.
Tomó el agua y le molestó la impaciencia de Silvia porque partiera. Se levantó dejando el vaso a medio tomar, y trató de adivinar cuál de las habitaciones que veía en el pasillo era la de ella. Escucharon un timbre de celular que venía de una de las piezas y Silvia le pidió un momento para ir a contestar. Quiso quedarse a esperar en la sala pero tocó la envoltura del reloj que guardaba en la chaqueta y una esperanza de estarse engañando la orilló a ir tras de ella. Se asomó a la recámara y la vio de espaldas hurgando en otro bolso mientras decía: “Lilia, no las encuentro”. Cecilia recorrió con la mirada la habitación buscando inútilmente la foto que le regaló a su amante, y se topó con dos portarretratos más donde estaba la misma mujer con Silvia, pero esta vez abrazadas, felices. Recordó el portarretrato que ella misma tenía junto a su cama, el espacio que dejó libre en su clóset por si Silvia se decidía un día ir a pasar algunos días de la semana con ella. Salió de la casa, se atravesó la avenida y ya en su auto sacó el reloj, le quitó la tapa y extrajo la batería, después sincronizó la hora con la de su celular, para no olvidar a que hora empezó la vida después de Silvia.


2.


Después de Silvia lo único que le importaba era el billar, ni siquiera su trabajo en la constructora, ni sus conocidas a las que sólo les dedicaba el miércoles. En realidad había cortado toda comunicación con sus amistades porque no quería ir dando explicaciones de su tristeza. Así que le sorprendió que después de varios meses de no escribirse, su amiga Olga le llamara a su celular para pedirle que la fuera a recoger al aeropuerto porque iba por unos días a la ciudad.
La última vez que había visto a Olga fue cuando vino a una convención de ambientalistas con Miguel su marido, un biólogo defensor de los derechos de los animales. Cuando estaban en la Universidad Olga había sido una de sus mejores amigas, a pesar de tener siete años más que ella e ir por su segunda licenciatura. En ese tiempo Cecilia aún no salía del clóset y nunca se atrevió a reconocer que le gustaba verla practicar yoga. Después, perdieron contacto. Por unos amigos obtuvo su mail y luego su teléfono, así lograron verse años después en la capital. Continuaron su amistad y se siguieron frecuentando hasta que Olga, siguiendo su vocación se fue a la costa a salvar tortugas, donde conoció a su esposo.
No tenía muchas ganas de hablar con nadie, pero no se atrevió a decirle no a Olga, así que rompió su rutina y se fue al aeropuerto. Ella llegó tan sólo con una pequeña maleta, segura de pasar sólo dos días de estancia. Camino a su casa, herencia de su madre, Olga le contó a su amiga todos los problemas que tenían con los depredadores de tortugas marinas. Su asociación buscaba crear una reserva y venía a presentar el proyecto al gobierno para su autorización. En la plática, se atrevió a decirle a Cecilia que se le veía diferente, triste, a lo que ella respondió con evasivas. Se hicieron la promesa de ir a comer al día siguiente y se despidieron.
Esa noche Cecilia pensó mucho en Olga, rememoró su época en la Universidad y no pudo evitar compararla con ese miembro activo de Greenpeace en la que se había convertido. Aunque ya no tenía el mismo cuerpo delgado ni el cabello castaño claro, los kilos de más la hacían verse más sensual, y no le sentaban mal los rayitos que ocultaban sus canas. Ese día sintió algo diferente, algo que la llevó a impacientarse para que diera la hora de volver a verla.
Hacía unos años, cuando Cecilia decidió ser completamente honesta con ella misma, como decía, se confesó con algunas de sus amigas heterosexuales, y reconoció tener una relación con una mujer. Para la gran mayoría de ellas no fue una sorpresa, de alguna manera se lo esperaban, sólo una, la más conservadora, se atrevió a preguntarle si estaba enferma, pero fuera de ese comentario que después se convertiría en una anécdota chusca, nadie la rechazó. Fue así como se sintió finalmente liberada y fue su pareja en ese tiempo, Chantal, quien la introdujo en el círculo de chicas gays con las que se reunía los miércoles en el billar. Chantal fue, sin embargo, un amor pasajero que sólo dejó gratos recuerdos en su corazón, y con el tiempo se convirtió en su gran amiga y confidente. Su homosexualidad tampoco fue sorpresa para Olga, quien ya lo había adivinado, incluso antes que Cecilia se atreviera a reconocerlo. Así, le siguió la pista a los últimos amores de su ex compañera y enseguida supo que lo de Silvia había terminado mal.
Al día siguiente se vieron para comer y gran parte de la charla versó de todas las trabas que le ponían en la secretaría para concretar lo de la reserva, Olga temía que se llevara más tiempo de lo que había pensado. Después le preguntó qué había pasado con Silvia. A pesar de su prudencia, Cecilia terminó contándole todo lo que aún le dolía. Su amiga le aconsejó que se olvidara de ella, que era mejor buscar a otra persona que la valorara verdaderamente, que no valía la pena aislarse de esa manera y seguir sufriendo por alguien así. Cecilia habló de sus esperanzas, de querer tener una pareja como sus amigas, de tener a alguien que la amara y disfrutara de su compañía. Ya vendrá, le dijo Olga convencida.
Se vieron unas cuatro veces más en las dos semanas que pasó Olga en la ciudad atrapada en la burocracia, y en dos ocasiones le insistió a Cecilia que pasara la noche en su casa, pero su trabajo no se lo permitió. Un fin de semana, cuando ya se veía un poco de luz del túnel de los trámites y las firmas, Olga invitó a Cecilia al estado de Morelos a visitar una granja acuícola propiedad de Roberto, un amigo de su marido con el que querían asociarse. Salieron un sábado muy temprano y para el mediodía, después de desayunar en Tres Marías, llegaron a la granja donde les explicaron todo el proceso, así como los costos y beneficios del negocio. Comieron carpas en la granja y Roberto insistió en que pasaran la noche en su casa, pero Olga prefirió pernoctar en un hotel de Cuautla, donde tenían hecha una reservación.
Ya en Cuautla, el hotel resultó menos lujoso que su página en Internet y la habitación con camas individuales que les dieron apestaba a tabaco, incluso las colchas y los burós tenían numerosas huellas de quemaduras de cigarros. El administrador del hotel les ofreció otro cuarto pero sólo tenía uno con una cama matrimonial y lo aceptaron. Instaladas en la habitación sacaron sus cosas personales de las maletas y Olga se fue a dar un baño mientras Cecilia acomodaba su ropa. Se estaban preparando porque Roberto las invitó a la única discoteca donde hasta el momento no se había registrado ninguna balacera, y donde para entrar te revisaban como en el aeropuerto, así que bromeando les había dicho que no fueran armadas. Olga salió del baño envuelta en una toalla e inmediatamente entró Cecilia. Cuando salió de la regadera su amiga estaba casi lista y se apresuró a vestirse.
Ya listas, una hora antes de la cita con su amigo, Olga le invitó un capuchino y una rebanada de pastel en un pequeño café frente al hotel, diciéndole que no tenía ganas de ir a bailar ni a asfixiarse con el humo del cigarro, prefería estar ahí con ella platicando, y le llamó a Roberto para disculparse. Cecilia no tuvo el menor inconveniente, por el contrario, se sentía envuelta en algo placentero e incierto como en una primera cita. Entonces reencontró a esa Olga juguetona y risueña que conoció en la Universidad, a esa Olga atrevida y contestataria. Se entregó a la charla, por una vez, después de varios meses, no pensó en Silvia ni en su novia de la foto, no se sintió engañada, por el contrario, se sintió contenta, feliz, y nerviosa porque había algo ahí que le agradaba. Platicaron más de dos horas hasta que cerró el café.
Regresaron al hotel y repitieron la rutina del baño. Cuando salió Cecilia ya Olga estaba en la cama y encontró en la televisión una escena donde dos mujeres hacían el amor, ahí se había detenido. Apagó la luz y se recostó sin hacer ningún comentario, pero fue entonces que Olga volteó a verla y le cuestionó cómo había sido su primera vez. No se esperaba eso, pero sin más le contó la primera vez que Nora la besó y le hizo el amor, lo que a pocas personas había dicho. Durante toda su historia su amiga guardó silencio y sólo al final le preguntó si podría estar con una mujer una vez y no pasar nada después, no aferrarse a una relación, sólo como una aventura. Cecilia vio la tele y había una escena de un trío: dos mujeres y un hombre; le contestó, ya un poco excitada, que sí.
La ambientalista apagó la tele con el control remoto y le sugirió que sí quería podría acercarse a ella y abrazarla para dormir. Cecilia pasó su brazo sobre la cadera de su amiga y recargó su cabeza en su hombro. Olga empezó a decirle que notó que después de Silvia, parecía como un animalito indefenso falto de cariño. Acariciándole el brazo, ella misma le contó que años atrás, después de la Universidad, conoció a una mujer en su primer trabajo que le propuso acostarse con ella, pero aunque le parecía tentador en realidad le daba un poco de miedo entrar a una relación difícil de controlar, y siempre se había quedado con el deseo de experimentar.
Sabía desde que se acostó que Olga la deseaba, y esa confesión se lo confirmó. Le susurró al oído si quería probar, a lo que su amiga respondió que sí. Cecilia buscó su cuello y lo besó lentamente, mientras sus manos acariciaban su estómago. Lamió su piel y aspiró el olor de su pelo, lo que le dio las fuerzas para perder su tristeza e incorporarse de la cama para deshacerse de la pijama y la pantaleta, para después desnudar a su amiga, cuyos pechos grandes y aureolas pequeñas le daban la bienvenida. Exploró su sexo y supo que a pesar de todos los hombres que habían pasado en su vida, Olga era virgen para ella, y fue en busca de agotar el deseo de la punta de su lengua. Luego cabalgó en ella y le dio un nuevo orgasmo, y se perdió en sus senos, en su boca, en su sexo, donde encontró sus propios deseos, su fuerza y su fuego extinto después de Silvia.


3.


Cecilia esperó que Olga dijera algo después de lo que pasó esa noche pero su amiga no abordó el tema de regreso a la capital, ni cuando la llevó al aeropuerto para volver a su casa. Aunque le hubiera gustado escuchar algo, en realidad no le importó mucho, estaba contenta de haberse liberado de Silvia, ahora se sentía renovada y dispuesta a seguir adelante con su vida.
El trabajo de la constructora no la satisfacía por completo, ni siquiera el billar en donde había desahogado su tristeza. Quería hacer algo diferente. En la Universidad había participado en el periódico estudiantil con una serie de historietas que sacaban a flote los defectos y ridiculeces de las autoridades universitarias, maestros y estudiantes. Aunque usaba un seudónimo, muchos sabían que Cecilia Ochoa era la caricaturista mordaz que los hacía rabiar, y eso fue causa que muchas de sus asignaturas las tuviera que pasar en extraordinario. Probar suerte en la caricatura era arriesgado, pero Cecilia estaba decidida a cambiar de vida por completo.
La idea de una tira cómica corta cuyo tema fueran las chicas gay le pareció genial a sus compañeras del miércoles, aunque un poco arriesgado porque no había medios donde publicar. Todas opinaron: Bertha le dijo que podía convertirla en una trinchera de la defensa de las lesbianas, pero Mariana sugirió que contara historias, como el libro que ella misma estaba haciendo. Chantal le propuso platicarle las historias de sus amores, pero hubo varias que la callaron por riesgo de que sacaran a relucir su propia vida. Cecilia tenía de las chicas diferentes anécdotas, lo único que faltaba decidir, además del estilo de las caricaturas, era el nombre de esa sección y el seudónimo que utilizaría. Ahí mismo se puso a trazar diferentes personajes exagerando los defectos de sus amigas. Entre risas y cervezas, Cecilia encontró su estilo y un nuevo nombre: Czi O. A Isabel no le gustó, decía que parecía una fórmula química, pero a Chantal le encantó. Lo difícil ahora era encontrar dónde publicar las caricaturas y recibir dinero a cambio de eso. No te preocupes, le dijo Bertha, yo voy a conseguir dónde publiques, tú dedícate a dibujar.
La primera historia que contó con dibujos fue la aventura de Chantal y su búsqueda de la flautista veracruzana. Aunque le puso un título a cada una de las caricaturas donde desfilaban sus conocidas, su propia historia y anécdotas que le contaron un día, su sección se llamaría: Después de Silvia, como si en ella representara el primer deseo colmado por una mujer, tras lo cual la vida seguiría con una nueva forma de ser y con la aceptación de sí misma. Bertha, quien fue la primera en ver las series de caricaturas, quedó maravillada por la creatividad de su amiga y su capacidad para representar de manera concentrada, y con humor negro, los aspectos más significativos de una relación lésbica a través de los dibujos en tinta negra. Aunque eran historias comunes y corrientes, Bertha le seguía viendo un sentido contestatario de autoafirmación. Lo único que no le gustó fue el título de la serie y lo atribuyó a los sentimientos guardados de su amiga por la chica que jugó con ella. Le pareció genial su trabajo y le pidió los dibujos para llevarlos con un amigo editor que incluía en su revista temas sobre gays y lesbianas. Además ella misma tenía un proyecto de una página web donde podría escribir historias y artículos de opinión, Mariana también subiría sus textos.
El editor aceptó las historias de Cecilia y publicó una quincenal. Aunque no era mucho, le pagó su primer sueldo como caricaturista, lo que la motivó a buscar otros medios para dar a conocer su trabajo, no sólo dirigidos para los homosexuales sino al público en general. El estilo de Cecilia hizo que rápidamente se diera a conocer en el medio y eso le abrió otras posibilidades, incluso comenzó a frecuentar círculos de intelectuales gays, y a raíz de esto publicó historias de mujeres que tomaron el rol de hombre, las que causaron controversia entre sus nuevas y viejas amigas. De igual forma, logró colocar también caricaturas políticas en periódicos, alcanzando con ello cierto éxito. Bertha lo atribuyó a la apertura de los medios a las minorías sexuales. No importaba, decía Cecilia, mientras Czi O siga publicando.
Un día recibió la editorial de la revista donde aparecía la sección Después de Silvia, un correo electrónico de alguien que prefirió no dar su nombre, pero que le reclamaba el haber publicado su historia sin su autorización, y le exigía una explicación. Cecilia le contestó que no sabía exactamente a qué se refería, pero que con gusto podía darle una cita para que hablaran y si había algo que aclarar lo haría. La destinataria del correo le respondió que estaba dispuesta a verla porque quería ver de dónde había sacado esa información. La caricaturista estaba convencida que se trataba de una coincidencia, pero tenía curiosidad a dónde la iba a llevar todo eso.
La mujer no quiso entrevistarse con Cecilia en la revista y la citó en un café cercano. A Cecilia le intrigaba quién podría ser esa chica que le reclamaba y no tenía idea de qué historia estaba hablando. Sospechaba que quizá era una de sus amigas que le estaba jugando una broma y casi estaba segura que en el café encontraría a Chantal en una de sus escapadas de Veracruz donde vivía con Romina. Pero para su sorpresa no era Chantal quien la esperaba, ni tampoco ninguna de sus conocidas. En una mesa vio a una mujer de unos treinta y ocho años, con el pelo lacio y negro, de complexión mediana, vestida con pantalón beige y blusa de lino blanco. Sabía que era ella porque reconoció la contraportada de la revista en la mesa.
Aún con la idea que se trataba de una broma de sus amigas, se acercó segura y seductora. La desconocida volteó a verla y le preguntó si era Czi. Si le había gustado su presencia, al escuchar su voz Cecilia quedó encantada con ella, aunque no sabía quién era ni lo que quería. Respondió que sí tomando asiento. Se acercó la mesera y le pidió un café descafeinado. Al quedarse solas, la chica se presentó como Elisa y le preguntó, abriendo la revista, cómo había conocido su historia. Ahí estaba frente a ella una de sus historias contadas a través de las imágenes y las palabras: una mujer narra cómo se desengañó de su primer amor en una reunión de ex alumnos de la preparatoria, después de años de no verlo, e inicia una relación con una ex compañera que encuentra en la misma fiesta.
Todo es una mera coincidencia, le aseguró Cecilia, porque esa historia es una adaptación del cuento: El hombre de mi vida, que había escrito una amiga como parte de un libro de cuentos, donde nada era real sino ficción. No puede ser tanta coincidencia, alegó Elisa, mi nombre y el de mi ex son los mismos, aunque el que era mi novio no se llamaba de esa manera.
Cecilia le prometió investigar con la condición que le platicara qué fue lo que pasó con Samanta. Haciéndole prometer que no lo utilizaría para ninguna de sus historias, le contó que inició una relación con su ex compañera de preparatoria, incluso pidió un año sabático en la empresa donde es arquitecta, para acompañarla a Sudamérica donde estaba recopilando información para elaborar guías turísticas para estudiantes. La luna de miel fue larga, después Samanta comenzó a llegar tarde, a salir sin decir a dónde iba. Las sospechas de que la engañaba se confirmaron cuando la encontró con otra mujer en su propia cama. Elisa tomó sus cosas y regresó a su casa. Después de la relación con Samanta se dio cuenta que se sentía mucho mejor con una mujer que con un hombre. En su búsqueda de lugares donde pudiera conocer a otras chicas se encontró esa revista, donde para su sorpresa, contaban su historia.
Al escuchar la narración de Elisa, le pareció a Cecilia que la conocía de siempre, lo que le animó a invitarle a cenar, con la promesa que ese día ella le contaría de dónde salió el cuento que le dio a leer Mariana y que inspiró su propia historia. Pasaron toda la tarde en el café y por la noche se despidieron como grandes amigas. Cecilia se marchó a su casa saboreando aún la tarde con Elisa y en ella pensó todo el día siguiente, y el que vendría después. Mariana le confesó que era la historia de una desconocida, alguien se lo contó a medias y ella imaginó el resto. Los nombres si eran coincidencia porque los escogió al azar.
Con esa información, y deseando que Elisa no faltara a la cita, Cecilia llegó a tiempo al restaurante donde se citaron. Minutos después llegó Elisa, más hermosa que la primera vez que la vio. Brindaron por las coincidencias y el destino. Charlaron por horas y se sorprendieron de sus afinidades. Cecilia le prometió presentarle a sus amistades. Elisa, coqueta, le preguntó si había alguna que otra soltera. Rieron y jugando Cecilia le contestó que ya no necesitaba conocer solteras porque ya la había conocido a ella. Siguieron con ese jugueteo durante varias citas más, y la noche que la llevó de acompañante a la boda de Patricia y Flor, Elisa la invitó a quedarse en su departamento, donde poco a poco Cecilia fue llevando sus cosas.

sábado, 12 de marzo de 2011

Las alas de los alacranes

—Todavía no ha nacido la mujer a la que le ruegue y Samanta no va a ser la excepción, aseguraba Ana a sus amigas, orgullosa de sí misma.
—Qué cabrona eres Ana, si hubieras sido hombre serías un típico macho, le aseguró Socorro riendo.
—Por eso Dios no le da alas a los alacranes.
Esa voz no le gustó a Ana, mucho menos el comentario. Se levantó de su silla para ver quién le estaba gritando. En la mesa de enfrente vio una mujer delgada, morena y de pelo lacio, con boca de corazón y ojos provocadores. Nunca la había visto en el bar, ni tampoco en el barrio. A primera vista le pareció una tipa cualquiera, sin muchos atributos físicos pero con mucha personalidad. No estaba sola, había otra chica, conocida de Ana: Yoly, quien fue su compañera de oficina hasta que decidió poner su propia agencia de viajes.
—¿Me estás hablando a mí? Le preguntó Ana enojada.
Yoly, al reconocer su voz volteó hacia la mesa de Ana. Cecilia levantó la cabeza y vio de frente a una chica vestida toda de negro y con chamarra de piel, su pelo corto se levantaba hacia el cielo simulando el fuego con sus mechas rojizas y naranjas.
—¿Qué pasó Ana, nos hablas a nosotras? Contestó Yoly levantándose para ir a saludarla extendiéndole la mano.
—Nada amiga, me pareció que estaban en la plática y creí oír algo que no me gustó.
—Ni te habíamos visto Anucha, le estoy platicando a mi amiga las aventuras de una chica que anduvo en un viaje muy loco, luego te cuento.
—Bueno, pero es que escuché que dijo ella: “Por eso Dios no le da alas a los alacranes” y la verdad pensé que me lo estaba diciendo a mí.
—Pues sí, lo dijo, pero no fue para ti sino para nuestra conocida que es una “mosquita muerta”, pero que en el fondo es una mujeriega virtual. No te enojes Ana, no estábamos hablando de ti.
—Ok. No hay problema. Oye y esa tu amiga, quién es. Preséntamela.
—No cambias Anucha, deja ya de perdida una “para comadre”, quieres acaparar a todas las chicuelas y al final sólo eres una rompecorazones. Mejor no te la presento.
—Se me hace que la quieres para ti Yoly. Qué gacha eres.
—No es eso amiga, estoy bromeando. La verdad tú sabes que mi corazoncito tiene dueña.
—No me digas que todavía andas con la aeromoza.
—Sí. La verdad es que ya estamos viviendo juntas. Estoy muy contenta.
—Pues haber cuándo me invitas para que hagamos un trío, ya ves que no soy celosa, bromeó Ana.
—Qué salvaje eres canija, cuenta con que nunca te voy a invitar a mi casa ni te voy a presentar a mi novia porque capaz que me la bajas.
—Ya ves que a mí no se me resisten la viejas.
—Y de que te sirve Anucha si no eres capaz de enamorarte de nadie, ni mucho menos de tomarte en serio una relación. Y la verdad que eres bien mala onda con las chavas que caen en tus garras, yo me acuerdo de Mónica, la chavita que estaba loca por ti y que al final terminaste mandando a la chingada y ya ves en lo que terminó.
—Yo no tengo la culpa que se haya clavado tanto conmigo, yo no le di esperanzas, además era una escuincla, y lo que le pasó fue su rollo. Ahora me vas a salir que yo la metí a las drogas, tú sabes bien que yo no le hago a eso, sí tomo pero no me drogo, bien lo sabes.
—No pues eso dices, pero la verdad que fuiste mala onda y tú sabes que no ha sido la única.
—Bueno qué cabrona, nada más te levantaste a estarme chingando o qué…
—Ya pues Anucha, ya sabes que yo te quiero aunque seas así, total hasta parientas creo que somos. Mira la verdad a mí me vale lo que tú hagas, claro, mientras no te metas con mi vieja.
—Ni quién quisiera, la verdad que te las consigues muy feas, aunque esa amiguita tuya no está tan mal, preséntamela, no seas egoísta pinche Yoly.
—Te la voy a presentar pero la verdad “esas pulgas no brincan en tu petate”, mi amiga es muy selectiva con sus amistades.
—Pues no se nota, si anda contigo, se carcajeó.
Yoly regresó a su mesa acompañada de Ana. Cecilia estaba enviando un mensaje por su teléfono celular y al acercarse su amiga volteó sonriendo. Ana sintió algo diferente al ver a la chica, algo que había desechado de su corazón, cuando su primer amor la rechazó: que esa chica podría ser el amor de su vida.
Porque una vez Ana sintió amor, ese amor que te pone impaciente, romántico, cursi y violento. Ema no era la niña más hermosa del salón, ni siquiera la que tenía los ojos más bonitos, era una niña común y corriente, sin un carisma especial, pero para Ana, Ema era alguien especial. Cuando escuchaba críticas sobre ella, se enfurecía y la defendía diciendo que no sólo era linda, sino también muy buena gente y la más inteligente del salón: ella sabía todo, conocía todos los nombres de los otros alumnos de la escuela y con todos se llevaba bien. Ema era hermosa, pensaba, porque se pintaba su boquita y le quedaba como un corazoncito, un corazoncito que Ana quería llevar colgado en el pecho. Ana le cuidaba sus cosas, le iba a comprar dulces a la cooperativa, le llevaba refrescos y nunca se los cobraba. Porque nada era suficiente para complacerla.
Esa amistad a prueba de todo se vio colapsada con un gran cambio en la personalidad de Ema: se empezó a interesar en los chicos, a hacerse “ojitos” con Nicolás, el del salón de al lado. Ana no resistió eso y trató de disuadir a su amiga, pero Ema ya estaba enamorada de él. Llenaba todos sus cuadernos con corazones rojos donde estaba escrito E y N. Creía que de algún modo si externaba su deseo de esa forma algún día se le haría realidad. Contenta se los enseñaba y le aseguraba que si Nicolás le pidiera que fuera su novia, no dudaría en aceptarlo. Ana sufría porque ella también llenaba sus cuadernos con corazones con una E y una A, pero atravesados por una flecha, de donde escurrían gotas de sangre que caían en una copa.
Las cosas tomaron otro curso cuando fue Nicolás quien manifestó interés por Ema: le envió una carta de amor a través de Ana. La carta nunca llegó a manos de su amada, la emisaria no tuvo el valor de entregarle a su amiga esa hoja de cuaderno con letras torpes que hablaban de un amor que comenzaba. Ana la leyó, enojada la arrugó y la tiró a la basura, después se arrepintió pensando que sería ella quien le contestaría a Nicolás para por fin acabar con esa situación. Escribió una carta donde le decía a Nicolás que ella nunca le iba a corresponder, que tenía otras pretensiones, y no la de salir con un chamaco baboso que todavía ni terminaba la escuela. Se dio vuelo Ana escribiéndole todas las patrañas que se le ocurrieron. Cuando le regresó la carta a Nicolás, se detuvo a esperar para ver que reacción tenía. Sólo dijo: “Es una vieja presumida” y tiró la carta. Ana se limitó a levantar los hombros y dio el asunto por terminado.
Nicolás cambió totalmente con Ema, se acabaron sus miradas coquetas y ni siquiera volteaba a verla. Después se puso de novio con una compañera de su mismo salón. Ana le sirvió a Ema de compañía ante la indiferencia de Nicolás, la consoló cuando acongojada trataba de entender porqué había cambiado tanto. Poco a poco, pensaba, las cosas volverían a ser como antes, caminarían del brazo contentas por el patio de la escuela, se sentarían en la última jardinera, para jugar y hablar de sus cosas. Pero cuando rozaba su mano, su mejilla para limpiar sus lágrimas y le tocaba el pelo, Ana se congratulaba de la decepción amorosa de su compañera, le provocaba un inmenso placer verla sufrir y aliviar su dolor acariciándola. Sólo hablaban de Nicolás, tema al que recurría la propia Ana para avivar el dolor infantil del rechazo del ser amado. Estaba segura que su amiga viviría su luto y después ya no existirían más que ellas dos.
Habría que exorcizar el amor, le aconsejó a Ema: tenía que enterrar sus sentimientos en una caja negra, junto con todo lo que le recordara a Nicolás, como si fuera un difunto. Esa era la única manera de olvidarlo, le aseguró. Ese entierro le daría la oportunidad de estar al lado de su amiga, disfrutar de su dolor y decirle que siempre estaría junto a ella, que ella no le iba a fallar. Ema no estaba muy segura pero al final la convenció y quedaron que el martes harían la ceremonia en la jardinera a la hora del recreo, después se irían a la casa de Ema, donde Ana estaba invitada a pasar la noche.
Ana llegó ese día a la secundaria con una caja de zapatos que había forrado con papel negro. Había planeado desde el fin de semana cómo podría acercarse más a Ema, cómo convencerla que el único lugar a donde debía estar era a su lado, que no servía de nada estar sufriendo por hombres que no valían la pena. Ella la protegería por siempre, pensaba. Al verse en el salón le pidió a su amiga que le enseñase la carta que había escrito con todo lo que sentía por Nicolás. La carta venía acompañada por los mismos corazones que enmarcaban la E y la N, pero ahora estaban atravesados por un rayo que dividía el corazón. Leyó la carta y sintió celos que su amiga sintiera eso por un niño mientras ella estaba sufriendo por su amor. A la hora del recreo Ana dibujó un muñequito acostado en una cama con los brazos cruzados, a su lado había varios cirios encendidos. Al dibujo lo acompañaba la leyenda: “Descanse en paz Nicolás”. A la caja también fue a parar la hoja de la revista donde estaban unos novios posando, pero cuyas caras había sustituido con pequeñas fotografías infantiles simulando que eran ella y Nicolás el día de su boda.
Con la ayuda de una cuchara de cocina, cavaron un hueco suficientemente grande para meter la caja, luego la depositaron con mucho cuidado. Ema tomó un poco de tierra y se la echó encima. Otros niños se habían acercado a ver lo que sucedía, pero Ana los corría de inmediato. Al cubrir la caja, Ana comenzó un rezo por momentos indescifrable, donde nombraba a Nicolás. Ema balbuceaba algunas palabras y al final alcanzó a decir: “Adiós, amor mío”.
Aunque salían huyendo con las amenazas de Ana, algunos de los curiosos que se acercaron a la ceremonia, alcanzaron a escuchar el nombre de Nicolás, en lo que les pareció un rito satánico. Entre ellos, hubo quien sí relacionó a esas chicas con Nicolás, el de segundo B, ya se habían escuchado rumores que se gustaban pero que nunca se había dado una relación entre ellos. Alguien le avisó a Nicolás, asegurándole que lo querían embrujar. El muchacho fue corriendo a la última jardinera, perseguido por su novia.
Cuando llegó Nicolás, encontró a Ana inclinada terminando de echar la tierra a la caja. Ema se limpiaba las lágrimas, así que no se dio cuenta que el “amor de su vida” se acercaba molesto. Qué me están haciendo, les gritó. Las dos chicas asustadas se quedaron mudas. Nicolás vio la tierra revuelta y preguntó qué había ahí. Fue entonces que Ana reaccionó y le aclaró que no era de su incumbencia, que se largara de ahí. En respuesta el niño se agachó a la jardinera para quitar la tierra. Ana lo jaló del suéter exigiéndole que dejara eso, que no era su asunto. Claro que es mi asunto, protestó, si me quieren embrujar. Eso no es cierto, afirmó Ema, quien le suplicaba a Ana detenerlo. Pero Nicolás ya había encontrado la caja, y ante la mirada atónita de los estudiantes y de las niñas, abrió la caja. Horrorizado sacó el dibujo donde lo representaban difunto y arrugando la hoja volteó a ver a Ema a quien sujetó de los hombros acusándole de ser una bruja.
El escándalo atrajo a más niños y con ellos vinieron los prefectos. En la jardinera encontraron a Nicolás gritándole a Ema, y a Ana tratando de defenderla. Estás loca, le decía, primero me rechazas y ahora quieres matarme. Los prefectos los separaron. Nicolás les contó que las había descubierto haciéndole brujería y le mostró el dibujo. El prefecto sacó el resto de los papeles de la caja y se rió al ver el colache donde simulaba la boda de Ema y Nicolás, y se lo mostró al otro prefecto. Nicolás vio a los novios y después le enseñaron la carta donde Ema lo veía como su gran amor perdido. Ana gritaba que no se trataba de él, que todo era un juego, que no lo estaba embrujando o algo por el estilo. Por momentos intentó arrebatarle la carta al niño pero éste se lo impidió. Ema lloraba. Al terminar de leer la carta Nicolás volteó a ver a Ema y le preguntó por qué si sentía algo por él le escribió una carta tan ofensiva rechazándolo, como respuesta a la carta de amor que le envió él. No es verdad, corrigió Ema, tú nunca me mandaste nada y mucho menos yo te escribí algo así. Claro, contestó él, te la envié con Ana, y ella me dio la contestación. Todos voltearon a ver a Ana, quien tomó la mano de su amiga repitiendo que no era cierto, que estaba mintiendo. Eres tú la que miente, aseguró Nicolás, y te puedo mostrar la carta, la traigo en mis cosas. Ana palideció, estaba segura que la había tirado a la basura.
Los prefectos se llevaron a las niñas a la dirección, momento que aprovechó Nicolás para ir por la carta. Cuando Ema la vio toda arrugada negó que haya sido ella quien la escribió, pero reconoció inmediatamente la letra de su amiga. Leyó la carta ante la mirada atónita de su Ana, quien se acercó para confesarle que todo lo había hecho por su bien, porque al final él terminaría engañándola de todos modos. Entonces salieron de su boca todas aquellas palabras que había guardado para el momento más especial de su vida, cuando le dijera a su compañera lo que sentía por ella. En ese instante se olvidó de Nicolás, de los prefectos y del director. Le reveló que la amaba y le pidió que se quedara con ella para siempre, porque ella sí la iba a cuidar. Ema volteó a ver a su amiga y la abofeteó gritándole que estaba loca, que la había traicionado y que lo único que quería era verla sufrir, por eso la obligó a esa horrible ceremonia, para burlarse de ella. Ana lloraba. Ema le pidió perdón a Nicolás y éste no supo que decir. El director envió al chico a su salón y mandó a llamar a los padres de las niñas.
Mientras esperaban en dos oficinas separadas, Ema se repetía que había sido muy tonta al confiar en su supuesta amiga. Pero lo que más le causaba ruido era la confesión de Ana, saber que su mejor amiga estaba enamorada de ella. En su lugar, Ana seguía llorando asustada, estaba segura que Ema no le volvería a hablar, que la perdería para siempre. Y por más que pensaba no sabía cómo arreglar las cosas.
El padre de Ana fue el primero en llegar. El director le contó de la ceremonia, la carta, y la confesión amorosa a su amiga, al terminar le recomendó que llevara a su hija al psicólogo. El señor se levantó molesto y sujetó a Ana del brazo asegurando que no le hacía falta un psicólogo sino un buen correctivo. Arrastró a su hija hasta la otra oficina donde los padres de Ema escuchaban atónitos la historia. Ana viene a disculparse, dijo su padre. La niña levantó la vista y vio a su compañera sollozando del brazo de su madre. La señora al ver a Ana alejó a su hija y le dijo que estaba sorprendida de saber cómo la había manipulado si se decía su amiga. Le aclaró que no sabía cuáles habían sido sus verdaderas intenciones pero que no las quería conocer. La acusó de desquiciada y le prohibió que se acercara a Ema. Ana entre sollozos balbuceó un lo siento, el que su padre obligó a repetir más fuerte. Después se llevó a Ana de la escuela, donde la vieron salir los niños quienes enterados de lo sucedido, le gritaban bruja.
Su papá la golpeó al llegar a casa y le dijo que en su casa no quería marimachas, así que se fuera olvidando de esas mañas porque no llegaría muy lejos. Ana ya no quería regresar a la escuela, pero su padre la obligó y así, fue recibida con burlas de parte de sus compañeros y con la frialdad de Ema, quien no tardó en ponerse de novia con el patán de la clase. Para sobrevivir en ese ambiente, Ana se hizo fama de buscapleitos, y a la menor agresión respondía a golpes. Pasó a formar parte de un grupo de niños golpeadores y a su fama de lesbiana se sumó la de pendenciera. Al final no terminó la secundaria porque antes de terminar el segundo año la expulsaron. Años después terminaría la secundaria nocturna y después la escuela de comercio.
Muchas dicen que Ana nunca se enamora y a pesar de eso ha habido quien ha querido conquistarla, pero al final terminan en una maraña de celos, desamor y abandono, donde Ana siempre sale ilesa. Uno a uno, los amores de Ana fueron desapareciendo de su vida, el vacío de uno lo fue supliendo otro, mientras ella no se entregó a ninguno. Era encantadora cuando tenía que serlo, cuando tendía la trampa en la que caerían las presas. Después de hacerlas sentir como la única mujer de su vida, venía el abandono. Qué importa, gritaba a la que le reclamaba, si sigo siendo irresistible y viejas hay un montón.
Cuando Ana vio a Cecilia en la mesa le recordó a Ema y quiso que fuera suya, amarla y cuidarla por siempre.
—Ceci, te presento a mi amiga Ana, trabajamos juntas antes que pusiera la agencia.
Cecilia le dio la mano a la recién llegada y le molestó que se la apretara y con el dedo pulgar se la acariciara. Ana se sentó y pidió una cerveza. Otra cosa que le disgustó porque estaba a punto de contarle a Yoly que había conocido a una mujer maravillosa, con quien empezaba una relación.
—Mi amiga Ceci es una artista, hace caricaturas que publica en revistas y periódicos.
—Qué buena onda. Y qué tipo de dibujos, de políticos o para los niños.
—No exactamente, aunque también has hecho caricaturas políticas, ¿verdad Ceci? Mejor explícale tú.
—Dibujo historias de chicas gays en una revista y colaboro en otros medios con caricaturas que resaltan problemas sociales.
—Y ha tenido mucho éxito.
—Qué padre. ¿No te gustaría escribir mi historia? Tengo mucho que contar.
Ese tono más íntimo no le gustó a Cecilia y volteó a ver a Yoly, quien levantó las cejas y se rió, como una manera de hacer ver que también desaprobaba la exageración de su conocida.
—Bueno, y ¿cómo te gustaría que te dibujara?, ¿cuál parte de tu vida crees que sea interesante?.
—Evidentemente que la que quisiera vivir contigo muñeca.
—Creo que vas muy rápido Anucha, observó Yoly al ver la reacción de su amiga.
Ana se rió y le dio otro sorbo a la cerveza. Ceci volteó a ver su reloj y anunció a Yoly que tenía que irse porque la estaban esperando. Ana le preguntó:
—¿A dónde vas mi reina? Si quieres te acompaño.
—No gracias, me puedo ir sola.
—Espérame Ceci, pago la cuenta y nos vamos porque tengo que estar temprano en la casa.
—Quédate un ratito si apenas nos estamos conociendo.
—Otro día amiga, es que ya tenemos rato aquí y ya se nos hizo tarde.
Ceci se levantó y fue directo a la caja a pagar la cuenta.
—Pinche Yoly, que te cuesta quedarte un rato, me encantó tu amiga. O se me hace que la quieres para ti, canija egoísta.
—No, no es eso Anucha, es que no conoces a Ceci, es muy especial. Mira, otro día nos vemos con más calma.
—¿Pero cuándo? Oye, mejor dame su número para que le hable, no seas mala onda.
—Pídeselo tú, se va a enojar si sabe que ando dando su número.
—Está bien.
Ceci regresó y tomó su suéter. Yoly se levantó y se despidió de Ana. Cuando le dio la mano para decirle adiós, Ana le preguntó:
—Oye, por qué no me das tu número para que te llame, así te puedo contar mi historia.
—Está bien, pero mejor mándame un mensaje cuando tengas tiempo y nos vemos.
—Para ti siempre tendré tiempo.
Ceci sonrió y escribió en un papel su número. Se lo entregó a Ana y se retiraron del bar.
Esa noche, cuando su acompañante se había quedado dormida, Ana sacó el papel con el número de Cecilia, y emocionada le marcó, pero una voz del otro lado de la línea le contestó: “Lo sentimos, el número que usted marcó no existe...”